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sábado, 26 de noviembre de 2016

5º aniversario / Anaís Fons / Yo sí que soy cría


Anaís Fons

Anaís hubiera querido ser un dibujo animado, cantando y bailando, nacido de las artistas manos de Disney. Mas sin embargo, canta y baila en carne y hueso. Probablemente su tikún es expresar sus sentimientos y emociones a través del baile, del canto y de la palabra: con sencillez aparente, aderezado con fino humor, comparte su análisis sobre la infancia y adolescencia en el seno de las relaciones familiares. La cría destila madurez y lucidez, y aporta material para la reflexión.

Yo sí que soy cría

El mundo está fatal. Sí, sí, fatal de mal. Lo dicen las noticias, lo dicen los políticos… ¡lo dicen hasta las personas! Mi madre dice que vamos de cara a la tercera Guerra Mundial. ¡Qué mal está el mundo!...
… Y qué fácil es quejarse sin cambiar nada para remediarlo.

Yo tengo diferentes teorías acerca de por qué está tan mal el mundo; la que traigo hoy concretamente tiene su puntito. Veréis:
El contexto es una discusión. En medio de ese momento de cabreo, el sujeto A le dice al sujeto B “Es que te comportas como un niño” ó “¿No eres mayorcito ya para todo esto?” Entonces, el sujeto B se cabrea.

Añadamos un factor a esta situación por un instante: en medio del sujeto A y el sujeto B está presente en la discusión Martina. Martina tiene seis años y observa sentada en el sofá cómo su madre -sujeto A- y su padre -sujeto B- discuten. Hemos de decir que no están teniendo una amable conversación en la cual hay diversidad de opiniones: están teniendo una bronca de narices. Entonces, entre gritos y nervios, mamá le dice a papá: ¡Te comportas como un niño! Martina, que es la pequeña de la familia, se pregunta qué hay de malo en ser un niño. Ahí es donde el mundo empieza a estar fatal.


Anaís Fons

Cuando somos niños nos preguntan qué seremos de mayores y nos dicen que nos comportemos como niños grandes. Es probable que sean los dos conceptos más machacados en la infancia. Todavía no he escuchado a ningún adulto preguntar a un niño: ¿Qué quieres ser hoy? Una pregunta en cuya respuesta quepan asuntos importantes como “más responsable con las clases” o “mejor con mis compañeros”, por ejemplo.

Con el tiempo, eso es un deje en nuestra vida, el pensar en el mañana sin darnos cuenta de que hoy ya tenemos un día lleno de posibilidades entre manos. Nos pasamos la vida esperando lo que seremos en el futuro sin dar importancia a lo que ya somos. Es probable que esa sea la fórmula con la cual nos pasa la vida y no paramos de sentirnos insatisfechos: nunca nadie quiere saber lo que somos hoy, ni siquiera nosotros mismos.

Y luego está lo de querer ser mayores. No es que los niños nazcan deseando huir de la niñez, es que hoy en día el mundo no te deja ser un niño, y es por eso que queremos ir para arriba, porque si papá y mamá utilizan los términos “niño”, “crío” o “infantil” con un tono peyorativo, ¿cómo va a querer Martina aceptar la etapa de la infancia y vivirla con felicidad? Tiene la presión de convertirse en algo que haga felices a quienes tiene alrededor; tiene la presión de ocultar cualquier signo distintivo de la primera etapa de su vida: cero aceptación de uno mismo desde una edad temprana, lo cual suele ser equivalente a muy poco amor propio.

Anaís Fons

Pues así es como crecemos, como Martina, ocultando nuestra niñez. Llega un punto de nuestra vida en que miramos a los niños y los tratamos como seres de otra especie, porque al parecer “maduramos”. Entre el punto en que queremos ser astronautas y el punto en que nos vemos sentados en una oficina con un trabajo estable parece que hay una especie de abismo espacio-temporal en que nos absorben unos extraterrestres, nos llevan a otro planeta, nos convierten en adultos con traje y maletín y nos vuelven a traer a la Tierra. Durante el periodo de cambio, nos cambian el cerebro, nos ponen el de adultos respetables y entonces ya estamos preparados para la vida de los mayores. Siento decepcionaros -a muchos les gustaría que eso funcionase así porque sería mucho más sencillo- pero eso no pasa. No hay extraterrestres que hagan el trabajo de hacernos cambiar de etapas vitales, sino que somos los propios humanos los que vamos de la niñez a la “edad adulta” pasando por la adolescencia y eso no es moco de pavo, queridos. Ahí, en ese proceso sufrimos el desengaño de descubrir que papá y mamá no molan tanto como creíamos, nos enfrentamos al hecho de que la sociedad está creada para que seamos copias y no originales y eso hace que o nos adaptemos o nos sintamos muy incomprendidos, sufrimos desamores, las primeras muertes de seres queridos… Decidme la verdad: ¿cómo queréis ir de adultos serios, impermeables y súper fríos si desde el momento en que nacemos nos enfrentamos a cosas tan difíciles como las anteriores? ¿Por qué queremos fingir que nada nos afecta si desde nuestra naturaleza más genuina somos seres sensibles? Aprovecho este párrafo para echar una mano a quien esté necesitando leerlo: los humanos somos sensibles, si nos pinchas sangramos y tenemos emociones, así que si estás pasando un mal momento, que nadie te diga que no tienes derecho o que eres débil por ello, porque probablemente tú estás enfrentando aquello que los demás tratan de ignorar para continuar fingiendo que nada les afecta. Dentro de ti está la fuerza, y esta situación también pasará.

Bien, entonces, ¿qué pasa con eso de ser niños? ¿A caso no nos damos cuenta de que nosotros nunca hemos dejado de serlo? Si te pongo una foto de cuando tenías siete años delante, ¿te identificas con ella?

Creo que la frialdad y la falta de afecto en el mundo están concentradas en esto: ya no nos acordamos de que nacimos siendo la versión más pura, inocente y luminosa de nosotros mismos. Si te despojas a ti mismo de la niñez te estás privando de las ganas de disfrutar, de la imaginación, de la capacidad de ver el amor y el afecto como algo necesario, de la fuerza vital incansable que hace que podamos recibir desilusiones y aún así volver a ponernos en pie y seguir adelante… Todas esas son características de la infancia. Todo eso es el tesoro del mundo, nada de oro ni joyas: la pureza de un niño, su inocencia, su fortaleza basada en el amor.

Hablemos diferente. Cambiemos los conceptos. Empecemos por aceptar lo que fuimos, que teníamos sueños y seamos valientes para plantearnos si esto que tenemos es lo que queríamos. Al fin y al cabo creo que eso es lo que nos da miedo: nuestro niño interior nunca aceptaría sin luchar que nos hayamos resignado a vivir sin originalidad. Nuestro niño interior se alzaría en rebeldía y pediría lo que siente que por derecho le corresponde: una vida emocionante a la altura de su valía personal, una vida plena. El niño interior lo querría todo y no tendría miedo de ir contra viento y marea.



Pocahontas / Disney


Yo personalmente nunca salí del estado infantil, y doy gracias. Algunas personas se ríen y lo admiran, otras sienten vergüenza ajena, porque características como la espontaneidad, la sinceridad o la sensibilidad les asustan; esos ya están en un estado crítico de “madurez”, en uno muy preocupante. Hace poco creí que yo también tendría que ser así, y volverme seria y renunciar a mis sueños porque “debía poner los pies en la tierra”, y poco a poco me enfermé. Cuando decidí que de eso nada, mi fuerza vital volvió, y me sentí yo de nuevo. Resurgí de mis cenizas y ahora estoy aquí invitando a todo el mundo a hacer lo mismo. Aquel que no enfrenta su realidad nunca será capaz de cambiarla o mejorarla. Ni siquiera la muerte da tanto miedo como la falta de ilusión. Aquel que vive con ilusión vive al máximo, o sea que no ha de temer que llegue la muerte, porque puede estar seguro de que, sea como sea, le habrá pillado viviendo.


Charly & Snoopy / SCHULTZ

La vida es mucho más que aquello que vemos a los demás hacer, más que pensar que también tenemos que hacer lo mismo que ellos. El sentido de la individualidad está dormido en nosotros, pero está ahí. Somos distintos, diferentes, únicos… pero eso sólo lo sabemos cuando somos niños. 
Invito a mantener eso: las ganas, el punto de vista brillante de la vida. Invito a evolucionar en una versión más madura, responsable y capaz de conducir nuestras vidas. Sin embargo, no crezcamos, no pretendamos olvidar de dónde vinimos. Si eres Pablo, no te olvides de cuando eras Pablito y querías ser futbolista. Si eres Ana, no te olvides de cuando eras Anita y querías tener una granja. Ama al niño que hay en ti, porque sólo cuando aceptes todas las partes y etapas de tu vida, estarás completo y preparado para hacer del porvenir una larga lista de maravillas por vivir.

Anaís Fons

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